Gabriel García Márquez

En la más reciente década del siglo XIX, Rubén Darío dio a Hispanoamérica la independencia literaria al abrir la primera corriente poética autóctona, el Modernismo. Mediado el siglo XX, correspondió al colombiano Gabriel García Márquez situar la narrativa hispanoamericana en la primera línea de la literatura mundial con la publicación de Cien años de soledad (1967).

Obra cumbre del llamado realismo mágico, la mítica fundación de Macondo por los Buendía y el devenir de la aldea y de la estirpe de los creadores hasta su extinción constituye el núcleo de un relato maravillosamente mágico y poético, tanto por su desbordada fantasía como por el subyugante estilo de su creador, dotado como pocos de un prodigioso «don de contar».

Gabriel Garcia Marquez

El planeta de Macondo, parábola y reflejo de la ondulada historia de la América hispana, fue esbozado antes en una sucesión de novelas y colecciones de cuentos; luego de Cien años de soledad, novedosas proyectos maestras jalonaron su trayectoria, conocida con la concesión del Nobel de Literatura en 1982: basta acordarse títulos como El otoño del patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981) o El cariño en la época del cólera (1985).

Como más alto gerente del Boom de la literatura hispanoamericana de los años 60, García Márquez contribuyó decisivamente a la digna proyección que al final llegó a la narrativa del continente: el fenómeno editorial del Boom supuso, de hecho, el hallazgo en todo el mundo de varios novelistas de altísimo nivel solamente populares fuera de sus propios países.

La niñez mítica

Gabriel García Márquez surgió en Aracataca (Magdalena) el 6 de marzo de 1927. Creció como pequeño exclusivo entre sus abuelos maternos y sus tías, ya que sus padres, el telegrafista Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez, se fueron a vivir, cuando el chico Gabriel contaba sólo cinco años, a la gente de Sucre, donde don Gabriel Eligio abrió una farmacia y Luisa Santiaga daría a luz a la mayor parte de los once hijos del matrimonio.

Los abuelos de García Márquez eran dos individuos bien particulares y marcaron el periplo literario del futuro Nobel: el coronel Nicolás Márquez, veterano de la guerra de los Mil Días (1899-1902), le contaba a Gabriel inmensidad de historias de su juventud y de las guerras civiles del siglo XIX, lo llevaba al circo y al cine, y fue su cordón umbilical con la historia y con la verdad. Doña Tranquilina Iguarán, su cegatona abuela, pasaba los días contando fábulas y leyendas familiares, mientras organizaba la vida de los integrantes de la vivienda según los mensajes que recibía en sueños: ella fue la fuente de la perspectiva mágica, supersticiosa y sobrehumano de la verdad. Entre sus tías, la que más lo marcó fue Francisca, quien tejió su sudario para ofrecer fin a su historia.

Gabriel García Márquez aprendió a escribir a los cinco años, en el colegio Montessori de Aracataca, con la joven y hermosa profesora Rosa Elena Fergusson, de quien se enamoró: fue la primera mujer que lo perturbó. Siempre que se le acercaba le daban ganas de besarla, y sólo por el hecho de verla iba con gusto a la escuela. Rosa Elena le inculcó la puntualidad y el hábito de escribir de manera directa en las cuartillas, sin borrador.

Garcia Marquez centro con parte de sus hermanos Aracataca 1935
García Márquez (centro) con parte de sus hermanos (Aracataca, 1935)

En ese colegio estuvo hasta 1936, cuando murió el abuelo y tuvo que irse a vivir con sus padres al sabanero y fluvial puerto de Sucre. De ahí pasó de adentro al Colegio San José de Barranquilla, donde a la edad de diez años ya escribía versos humorísticos. En 1940, por medio de una beca, ingresó en el internado del Liceo Nacional de Zipaquirá, una vivencia verdaderamente traumática: el frío del internado de la Localidad de la Sal lo ponía melancólico y triste. Embutido siempre en un colosal saco de lana, jamás sacaba las manos por fuera de sus mangas, ya que le poseía pánico al frío.

A lo largo de los seis tutoriales que pasó en el Liceo de Zipaquirá, hubo de recorrer por lo menos dos ocasiones al año, en barco de vapor, el río Magdalena, primordial arteria fluvial del país; esta vivencia, acaso la más reciente remarcable, y más que nada aquella asombrada primera niñez en Aracataca hasta los nueve años, con el incontenible aluvión de historias y leyendas oídas de sus abuelos y sus tías, configuran el substrato mítico del que García Márquez partiría para la estructura de Cien años de soledad y la mayoría de su proyectos.

En Zipaquirá tuvo como instructor de literatura, entre 1944 y 1946, a Carlos Julio Calderón Hermida, a quien en 1955, cuando divulgó La hojarasca, le obsequió con la siguiente dedicatoria: «A mi instructor Carlos Julio Calderón Hermida, a quien se le metió en la cabeza esa vaina de que yo escribiera». Ocho meses antes de la distribución del Nobel, en la columna que publicaba en quince periódicos de todo el planeta, García Márquez dijo que Calderón Hermida era «el instructor ideal de Literatura».

En los años de estudiante en Zipaquirá, Gabriel García Márquez se dedicaba a colorear gatos, burros y rosas, y a llevar a cabo representaciones en dibujo del rector y demás camaradas de curso. En 1945 escribió unos sonetos y poemas octosílabos inspirados en una novia que tenía: pertenecen a los pocos intentos del escritor por versificar. En 1946 acabó sus estudios secundarios con magníficas puntuaciones.

Estudiante de leyes

En 1947, presionado por sus padres, se movió a Bogotá para estudiar derecho en la Facultad Nacional, donde tuvo como instructor a Alfonso López Michelsen y se realizó amigo de Camilo Torres Restrepo. La ciudad más importante del país fue para García Márquez la localidad de todo el mundo (y las conoció todas) que más lo impresionó, ya que era una localidad gris, fría, donde todo el planeta se vestía con ropa muy abrigada y negra. Del mismo modo que en Zipaquirá, García Márquez se llegó a sentir como un raro, en un país distinto al suyo: Bogotá era entonces «una localidad colonial, (…) de gentes introvertidas y silenciosas, todo lo opuesto al Caribe, en donde la multitud sentía la existencia de otros seres fenomenales aunque éstos no estuvieran ahí».

Los estudios de leyes no eran propiamente su pasión, pero pudo consolidar su vocación de escritor. El 13 de septiembre de 1947 divulgó su primer cuento, La tercera resignación, en el número 80 del suplemento Fin de Semana del rotativo El Espectador, comandado por Eduardo Zalamea Borda. Zalamea, que firmaba sus columnas con el pseudónimo de Ulises, escribió en la exhibición del relato que García Márquez era el nuevo genio de la literatura colombiana; las ilustraciones del texto estuvieron a cargo de Hernán Merino. A las unas semanas nació un segundo cuento: Eva está dentro de un gato.

El 9 de abril de 1948 fue ejecutado el jefe de la oposición, Jorge Eliecer Gaitán; los violentos desórdenes que ese mismo día asolaron la ciudad más importante (en una día de revuelta popular como el «Bogotazo») fueron la causa de que la Facultad Nacional cerrara indefinidamente sus puertas. García Márquez perdió varios libros y manuscritos en el incendio de la pensión donde vivía y se vio obligado a soliciar traslado a la Facultad de Cartagena, donde siguió siendo un alumno irregular. Jamás se graduó, pero inició una de sus primordiales ocupaciones periodísticas: la de columnista. Manuel Zapata Olivella le consiguió una columna día tras día en el recién fundado diario El Universal.

El Grupo de Barranquilla

A inicios de los años 40 empezó a formarse en Barranquilla una clase de organización de amigos de la literatura que se llamó el Grupo de Barranquilla; su cabeza rectora era don Ramón Vinyes. El «sabio catalán», dueño de una librería donde se vendía lo destacado de la literatura de españa, italiana, francesa e inglesa, orientaba al grupo en las lecturas, analizaba autores, desmontaba proyectos y las volvía a construir, lo que dejaba conocer los trucos de que se servían los novelistas. La otra cabeza era José Félix Fuenmayor, que proponía los temas y enseñaba a los adolescentes escritores en ciernes (Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas, entre otros) la forma de no caer en lo folclórico.

Gabriel García Márquez se vinculó a ese grupo. Al inicio viajaba desde Cartagena a Barranquilla siempre que podía. Después, por medio de una neumonía que le ordenó a recluirse en Sucre, cambió su trabajo en El Universal por una columna día tras día en El Heraldo de Barranquilla, que nació desde enero de 1950 bajo el encabezado de «La jirafa» y firmada por «Septimus».

En el diario barranquillero trabajaban además Cepeda Samudio, Vargas y Fuenmayor. García Márquez escribía, leía y discutía día tras días con los tres redactores; el inseparable cuarteto se reunía todos los días en la librería del «sabio catalán» o se iba a los cafés a beber cerveza y ron hasta altas horas de la madrugada. Polemizaban a grito herido sobre literatura, o sobre sus propios trabajos, que los 4 leían. Hacían la disección de las proyectos de Daniel Defoe, John Dos Passos, Albert Camus, Virginia Woolf y William Faulkner, escritor este último de enorme predominación en la literatura de ficción de Latinoamérica y muy fundamentalmente en la de García Márquez; en el popular alegato «La soledad de Latinoamérica», que pronunció con fundamento de la distribución del premio Nobel en 1982, el colombiano dijo que William Faulkner fué su maestro. No obstante, García Márquez jamás fue un crítico, ni un teórico literario, ocupaciones que, además, no fueron de su predilección: siempre prefirió contar historias.

Alvaro Cepeda Samudio y Garcia Marquez
Álvaro Cepeda Samudio y García Márquez

En la etapa del Grupo de Barranquilla, García Márquez leyó a los enormes escritores rusos, ingleses y norteamericanos, y perfeccionó su estilo directo de periodista, pero además, en empresa de sus tres indivisibles amigos, analizó con precaución el nuevo periodismo estadounidense. La vida de esos años fue de terminado desenfreno y disparidad. Fueron los tiempos de La Cueva, un bar que pertenecía al dentista Eduardo Vila Fuenmayor y que se transformó en el sitio mitológico en el que se reunían los integrantes del Grupo de Barranquilla a llevar a cabo locuras: todo era viable ahí, hasta las trompadas entre ellos mismos.

Además fue la etapa en que vivía en pensiones horrible, como El Edificios, un edificio de 4 pisos situado en la calle del Delito que alojaba además un prostíbulo. Frecuentemente no poseía el peso con cincuenta para pasar la noche; entonces le daba al solicitado sus mamotretos (los borradores de La hojarasca) y le decía: «Quédate con estos mamotretos, que valen más que la vida mía. Por la mañana te traigo plata y me los devuelves».

Los integrantes del Grupo de Barranquilla fundaron un diario de vida muy fugaz, Crónica, que según ellos sirvió para liberar a sus inquietudes intelectuales. El director era Alfonso Fuenmayor, el jefe de redacción Gabriel García Márquez, el ilustrador Alejandro Obregón, y sus ayudantes fueron, etc, Julio Mario Santo Domingo, Meira del Mar, Benjamín Sarta, Juan B. Fernández y Gonzalo González.

Periodismo y literatura

A inicios de 1950, cuando ya poseía muy adelantada su primera novela, llamada entonces La vivienda, acompañó a doña Luisa Santiaga al reducido, ardiente y polvoriento Aracataca, con el objetivo de vender la vieja casa en donde se había criado. Comprendió entonces que se encontraba escribiendo una novela falsa, ya que su pueblo no era siquiera una sombra de lo que había popular en su niñez; a la obra en curso le cambió el encabezado por La hojarasca, y el pueblo por el momento no fue Aracataca, sino Macondo, en honor a los corpulentos árboles de la familia de las bombáceas, recurrentes en la zona y semejantes a las ceibas, que alcanzan una altura de entre treinta y 40 metros.

En la redaccion de Prensa Latina Bogota 1959
En la redacción de Prensa Latina (Bogotá, 1959)

En febrero de 1954 García Márquez se integró en la redacción de El Espectador, donde al principio se transformó en el primer columnista de cine del periodismo colombiano, y después en brillante cronista y notero. El año siguiente nació en Bogotá el primer número de la revista Mito, bajo la dirección de Jorge Gaitán Durán.

La publicación se extendió sólo siete años, pero fueron suficientes, por la profunda predominación que ejerció en la vida cultural colombiana, para tener en cuenta que Mito apunta el instante de la aparición de la modernidad en la historia intelectual del país, ya que jugó un papel definitivo en la sociedad y en la civilización colombianas: desde un inicio se ubicó en la contemporaneidad y en la civilización crítica. Gabriel García Márquez publicaría tres trabajos en la revista: un capítulo de La hojarasca, el Monólogo de Isabel observando llover en Macondo (1955) y la novela corto El coronel no posee quien le escriba (1958). De todos modos, el escritor siempre ha considerado que Mito fue trascendental; en alguna oportunidad ha dicho a Pedro Gómez Valderrama: «En Mito han comenzado las cosas».

En ese año de 1955, García Márquez ganó el primer premio en el certamen de la Organización de Escritores y Artistas; divulgó La hojarasca y un riguroso informe por entregas, Relato de un náufrago, el cual fue censurado por el régimen del general Gustavo Rojas Pinilla. La dirección de El Espectador tomo la decisión de que Gabriel García Márquez saliera del país rumbo a Ginebra, para contemplar la charla de los 4 Enormes, y después a Roma, donde aparentemente el papa Pío XII agonizaba. En la ciudad más importante italiana asistió, por algunas semanas, al Centro Sperimentale di Cinema.

Rondando por el planeta

Tres años estuvo ausente de Colombia. Vivió una extendida temporada en París, y recorrió Polonia y Hungría, la República Democrática Alemana, Checoslovaquia y la Unión Soviética. Siguió como corresponsal de El Espectador, aunque en precarias condiciones, ya que más allá de que escribió dos novelas, El coronel no posee quien le escriba y La mala hora, vivía pobre a fallecer, aguardando el giro por mes que El Espectador debía enviarle pero que se demoraba gracias a las adversidades del períodico con el régimen de Rojas Pinilla. Esta circunstancia se refleja en El coronel, donde se cuenta la desesperanza de un viejo oficial de la guerra de los Mil Días esperando la carta que había de anunciarle la pensión de retiro a que tiene derecho. Cuando El Espectador fue clausurado por la dictadura, fue corresponsal de El Sin dependencia, y colaboró además con la revista venezolana Élite y la colombianísima Cromos.

La estancia en Europa permitió a García Márquez ver Latinoamérica desde otra visión. Le indicó las diferencias entre los diferentes países latinos, y tomó además bastante material para escribir cuentos sobre los latinos que habitaban la Localidad de la Luz. Aprendió a desconfiar de los intelectuales franceses, de sus abstracciones y esquemáticos juegos mentales, y se percató de que Europa era un conjunto de naciones viejo, en caída, en tanto que América, y en particular América Latina, era lo más reciente, la actualización, lo vivo.

A finales de 1957 fue relacionado a la revista Instante y viajó a Venezuela, donde ha podido ser testigo de los últimos instantes de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez. En marzo de 1958 contrajo matrimonio en Barranquilla con Mercedes Barcha, unión de la que nacerían dos hijos: Rodrigo (1959), bautizado en la Clínica Palermo de Bogotá por Camilo Torres Restrepo, y Gonzalo (1962). Al poco tiempo de su matrimonio, de regreso a Venezuela, tuvo que dejar su cargo en Instante y asumir un extenuante trabajo en Venezuela Gráfica, sin dejar de ayudar ocasionalmente en Élite.

Con Mercedes Barcha y sus hijos
Con Mercedes Barcha y sus hijos

Más allá de tener poco tiempo para escribir, su cuento Un día luego del sábado fue premiado. En 1959 fue nombrado director de la recién construída agencia de novedades cubana Prensa Latina. En 1960 vivió seis meses en Cuba y al año siguiente fue movido a Nueva York, pero tuvo enormes inconvenientes con los exiliados cubanos y al final renunció. Luego de recorrer el sur estadounidense salió a vivir a México. No sobra decir que, después de esa estadía en USA, el gobierno estadounidense le denegó el visado de entrada porque, según las autoridades, García Márquez se encontraba afiliado al partido comunista. Sólo en 1971, cuando la Facultad de Columbia le otorgó el encabezado de doctor honoris causa, recibiría el creador un visado, aunque condicionado.

Recién llegado a México, donde García Márquez residiría varios años de su historia, se ocupó a escribir guiones de cine y a lo largo de dos años (1961-1963) trabajó en las revistas La Familia y Hechos, de las cuales fue director. De sus intentos cinematográficos el más exitoso fue El gallo de oro (1963), apoyado en el cuento homónimo escrito por Juan Rulfo, que García Márquez adaptó con el además escritor Carlos Fuentes. El año previo había obtenido el premio Esso de Novela Colombiana con La mala hora (1962).

La consagración

Un día de 1966 en que se dirigía desde Localidad de México al balneario de Acapulco, Gabriel García Márquez tuvo la inmediata perspectiva de la novela que había venido rumiando a lo largo de diecisiete años. Tuvo en cuenta que ya la poseía madura, reposó a la máquina de escribir y trabajó ocho y más horas cotidianas a lo largo de dieciocho meses seguidos, mientras su mujer se ocupaba del sostenimiento de la vivienda.

En 1967 nació Cien años de soledad, novela cuyo universo es una serie de historias fantásticas muy bien hilvanadas en un tiempo cíclico y mítico: pestes de insomnio, diluvios, fertilidad desmedida, levitaciones… Es una enorme metáfora donde, a la vez que se cuenta la historia de las generaciones de los Buendía en el planeta mágico de Macondo, desde la fundación del pueblo hasta la completa extinción de la estirpe, se refleja de forma hiperbólica e insuperable la historia colombiana desde los tiempos de la independencia hasta los años treinta del siglo XX.

Cien años de soledad mereció este juicio del enorme poeta chileno Pablo Neruda: «Es la preferible novela que se escribió en español luego del Quijote». Con tan calificado criterio se dijo todo: la novela no sólo dejaba equiparar a su creador con Miguel de Cervantes, sino que constituyó un hito en la historia literaria de América Latina al ser señalada como una de las superiores realizaciones narrativas desde los tiempos de Don Quijote de la Mancha. El triunfo entre el público acompañó esta valoración: figura entre los libros que más traducciones tiene (cuarenta lenguajes por lo menos) y que superiores ventas logró, alcanzando las cantidades de un verdadero best seller mundial.

Gabo en los tiempos de Cien anos Barcelona 1969
Gabo en los tiempos de Cien años (Barcelona, 1969)

El triunfo de Cien años de soledad colocó a García Márquez en la primera línea del Boom de la literatura hispanoamericana y supuso el espaldarazo definitivo para aquel fenómeno editorial que, desde principios de los 60, se encontraba dando a comprender al planeta la obra de los recientes y no tan nuevos narradores del continente: los argentinos Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato y Julio Cortázar, el peruano Mario Vargas Llosa, los uruguayos Juan Carlos Onetti y Mario Benedetti, el chileno José Donoso, el paraguayo Augusto Roa Bastos, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, los cubanos Alejo Carpentier, José Lezama Lima y Guillermo Cabrera Infante y los mexicanos Juan Rulfo y Carlos Fuentes, por ejemplo figuras. Tras el aplauso unánime del público y de la crítica, García Márquez se estableció en Barcelona y pasó temporadas en Bogotá, México, Cartagena y La Habana.

A lo largo de las siguientes décadas escribiría cinco novelas más y se publicarían tres volúmenes de cuentos y dos cuentos, de esta forma como indispensables recopilaciones de su producción periodística y narrativa. De los quince años que mediaron hasta la concesión del Nobel cabe poner énfasis la recopilación de cuentos La sorprendente y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1973), la novela «de dictador» El otoño del patriarca (1975), tema recurrente en la tradición hispanoamericana, y un nuevo prodigio de excelencia constructiva y narrativa apoyado en un hecho real y distanciado del realismo mágico: la Crónica de una muerte anunciada (1981), considerada por varios su segunda obra maestra.

Numerosos elementos marcan ese periplo: se profesionalizó como escritor literario, y sólo luego de veintitrés años reanudó sus colaboraciones en El Espectador. En 1985 cambió la máquina de escribir por el computador. Su mujer Mercedes Barcha siempre colocaba un ramo de rosas amarillas en su mesa de trabajo, flores que García Márquez consideraba de buena suerte. Un vigilante autorretrato de Alejandro Obregón, que el pintor le regaló, presidía su estudio; en una noche de locos, el artista lo había atravesado con cinco tiros del calibre 38 para zanjar una disputa entre sus hijos sobre quién lo heredaría. Al final, dos de sus camaradas periodísticos, Álvaro Cepeda Samudio y Germán Vargas Cantillo, fallecieron, cumpliendo alguna prefiguración redactada en Cien años de soledad.

Premio Nobel de Literatura

En la madrugada del 21 de octubre de 1982, García Márquez recibió una novedad que hacía ya tiempo que esperaba por esas fechas: la Academia Sueca acababa de otorgarle el ansiado premio Nobel de Literatura. Se hallaba entonces exiliado en México, ya que el 26 de marzo de 1981 se había visto obligado a salir de Colombia para eludir su captura; el batallón colombiano pretendía detenerlo por una supuesta vinculación con el movimiento M-19 y porque a lo largo de cinco años había mantenido la revista Opción, de corte socialista.

La concesión del Nobel fue todo un hecho cultural en Colombia y en Latinoamérica. El escritor Juan Rulfo opinó: «Por primera oportunidad luego de varios años se dió un premio de literatura justo». La ceremonia de distribución del Nobel se festejó en Estocolmo los días 8, 9 y 10 de diciembre; según se supo luego, disputó el galardón con el novelista de Inglaterra Graham Greene y el alemán Günter Grass.

En la entrega del Nobel 1982
En la entrega del Nobel (1982)

Dos actos reafirmaron el profundo sentimiento latinoamericano de García Márquez. A la distribución del premio fue vestido con un tradicional e inigualable liquilique de lino blanco, por ser el traje que utilizó su abuelo y que usaban los coroneles de las guerras civiles, y que seguía siendo de etiqueta en el Caribe continental. Y con el alegato «La soledad de Latinoamérica» (leído el miércoles 8 de diciembre de 1982 frente la Academia Sueca en pleno y cuatrocientos invitados y traducido de forma simultánea a ocho idiomas), tuvo la intención de romper los moldes o oraciones gastadas con que comúnmente Europa se ha referido a América Latina, y denunció la carencia de atención de las superpotencias hacia el conjunto de naciones.

El flamante Nobel dio a comprender cómo los de europa se han equivocado en su posición frente a las Américas, quedándose únicamente con la carga espectacular y magia que se ha asociado siempre a esta lugar de este mundo, y sugirió cambiar ese criterio por medio de la construcción de una exclusiva y enorme utopía, la vida, que es paralelamente la respuesta de América Latina a su propia trayectoria de muerte. El alegato es una parte literaria de alto estilo y de hondo contenido americanista, una hermosa manifestación de su personalidad nacionalista, de su fe en los sitios del conjunto de naciones y de sus pueblos. Ratificó de igual modo su deber con América Latina, convencido desde hace tiempo de que el subdesarrollo perjudica a todos los elementos de la vida latinoamericana; los escritores de esta lugar de este mundo tienen que, por consiguiente, estar en compromiso con la verdad popular total.

Con fundamento de la distribución del Nobel, el gobierno colombiano, presidido por Belisario Betancur, programó una vistosa exhibición folclórica en Estocolmo. Anunció además una emisión de sellos con la efigie de García Márquez dibujada por el pintor Juan Antonio Roda, con diseño de Dickens Castro y texto de Guillermo Angulo, a propósito de la cual el escritor colombiano expresó: «El sueño de mi vida es que esta estampilla sólo lleve cartas de amor».

Últimos años

Desde que se conoció la novedad de la obtención del premio, el asedio de periodistas y instrumentos sociales para informar y comunicar fue persistente y los compromisos se multiplicaron. Al final, en marzo de 1983, Gabo regresó a Colombia. En Cartagena lo esperaba su madre, doña Luisa Santiaga Márquez de García, en su casa del Callejón de Santa Clara, en el clásico vecindario de Manga, con un suculento sancocho de tres carnes (salada, cerdo y gallina) y abundante dulce de guayaba.

garcia marquez mayor

Luego del Nobel, García Márquez se ratificó como figura rectora de la civilización nacional, latinoamericana y mundial. Sus conceptos sobre diferentes temas ejercieron fuerte predominación. A lo largo de el gobierno de César Gaviria (1990-1994), adjuntado con otros sabios como Manuel Elkin Patarroyo, Rodolfo Llinás y el historiador Marco Palacios, configuró parte de la comisión encargada de crear un plan nacional para la ciencia, la exploración y la civilización. Pero acaso una de sus más valientes reacciones fue el acompañamiento persistente a la revolución cubana y a Fidel Castro, la defensa del régimen socialista impuesto en la isla y su rechazo al bloqueo estadounidense, que sirvió para que otros territorios apoyasen de alguna forma a Cuba y evitó superiores intervenciones de los habitantes de estados unidos.

En el lote literario, solamente tres años luego del Nobel divulgó otra de sus superiores novelas, El cariño en la época del cólera (1985), extraordinaria y dilatadísima historia de amor que tuvo una tirada inicial de 750.000 ejemplares. Tienen que destacarse de igual modo la novela histórica El general en su laberinto (1989), sobre el libertador Simón Bolívar, los cuentos breves reunidos en 12 cuentos peregrinos (1992) y la novela-reportaje Novedad de un secuestro (1996), que examina una sucesión de raptos organizados por el narcotraficante colombiano Pablo Escobar.

Tras algunos años de silencio, en 2002 García Márquez anunció la sección primera de sus memorias, Vivir para contarla, donde repasa los primeros treinta años de su historia. La publicación de esta obra supuso un magno hecho editorial, con la publicación simultáneo de la primera edición (un millón de ejemplares) en todos los países hispanohablantes. En 2004 vio la luz la que iba a ser su más reciente novela, Memorias de mis putas tristes; en 2007 recibió sentidos y multitudinarios homenajes por triple motivo: sus 80 años, el cuadragésimo aniversario de la publicación de Cien años de soledad y el vigésimo quinto de la concesión del Nobel. Murió el 17 de abril de 2014 en Localidad de México, tras de una recaída en el cáncer linfático por el que ya fue tratado en 1999.

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